Especiales
Publicado el Sábado, 14 de Diciembre del 2019

El comportamiento de los intelectuales

Estatua de don Miguel de Montaigne en el centro de Burdeos. Este humanista francés está considerado como el padre del ensayo.
Comenzaré diciendo que tomo el término intelectual en su acepción más amplia o sociológica, en virtud de la cual intelectual es toda persona creadora de símbolos y contenidos culturales que se transfieren a los demás. En tal sentido, el que quiere vivir en un soliloquio permanente, difícilmente puede reclamar el estatus de intelectual. Al estamento de los intelectuales, en cambio, sí pertenecen los científicos, filósofos, escritores, exponentes de las ciencias sociales y los artistas, aun cuando el trabajo de todos estos se valga de los medios de comunicación, que hoy son los que, principalmente, hacen la difusión masiva de los productos de la cultura.
 
Lo que aquí me importa resaltar es la función del intelectual cuando problematiza y pone en cuestión la cultura establecida y arropada por el sistema de poder imperante, cada vez que este pretende conseguir su justificación sociológica y moral para intentar legitimarse. Frente a esta pretensión, me interesa destacar el papel del intelectual como una conciencia vigilante y crítica de la sociedad, que se pone enfrente o al margen de ella, como un heterodoxo valiente –en el sentido no explícitamente religioso en que lo fueron Miguel de Montagne o Erasmo de Roterdam–, como un automarginado desafiante, como un faro que dice y denuncia lo que, por conveniencia, otros callan. Para este agente social tan especial, se presenta, evidentemente, el enorme problema de mantener su independencia y su coherencia sobre unas bases que no lleguen a deslucir su prestigio.
 
El intelectual que quiere ser honesto e independiente para conservar su autoridad moral, se enfrentará al primer gran problema de la objeción que sobre él formularán el poder establecido y la sociedad civil: quién es él para juzgar u opinar. Marco Aurelio Denegri, en el Perú, supo contestar a esto con muy buen humor. La autoridad moral nace y se sustenta en la demostración, socialmente aprobada, del peso específico de alguien en un campo concreto de estudio, descubrimiento e investigación. En este campo debe ser reconocido y valorado por los que se dedican a la misma actividad, por los que saben definir “quién es quién” en uno de los campos del conocimiento. En suma, el intelectual debe poseer merecimientos y credenciales de persona creativa para ser considerado como tal; no puede ser un simple propagador o un divulgador de contenidos culturales.
 
La autoridad y dignidad del intelectual no se consiguen fácilmente, como quien adquiere un producto banal en un supermercado; sino que se conquistan con méritos y esfuerzos que muchas veces colindan con el sacrificio, como varias veces lo han dicho Ernesto Sábato y Albert Camus. Se trata del abnegado y ejemplar oficio de quien ejerce el pensamiento con libertad y responsabilidad, comprometiéndose con las causas más desafiantes que le plantea su entorno espacio-temporal. Este es el comportamiento del intelectual comprometido, que en Europa surgió en la última post-guerra, y que se relaciona más con el perfil del libertario que con el del librepensador.
 
Pero ser un intelectual independiente, requiere, a su vez, de una independencia socio-económica estable. En la Edad Media, los depositarios del conocimiento fueron los miembros del clero, aunque muchos de estos después se secularizaron y se convirtieron en funcionarios del saber. Con la llegada de la Edad Moderna, los intelectuales encontraron su base económica prestando servicios a la nobleza o, algunos, siendo parte de ella: Hume, Locke, Maquiavelo, Montesquieu, etc. Y desde el comienzo del predominio de la burguesía, se enrolaron en ella, o perteneciendo a ella, afianzaron su independencia frente al poder político con la seguridad que les otorgaba la propiedad privada de ellos o de las familias a las que pertenecían. En Francia, en el salón, surgió la actividad de los heterodoxos, es decir, la vida intelectual secularizada, con pretensión de esclarecer distintos temas sobre la sociedad; en Inglaterra, en el club, surgieron “los extraños”, decididos a ir a contracorriente, como Bertrand Russell. Por su parte, Marx y Engels son ejemplos de intelectuales burgueses que combatieron a su propia clase. Pero desde aquellos tiempos –siglo XIX–, para explicar la base socio económica del intelectual hay que valernos del término funcionariado, en vista de que el intelectual por excelencia se convirtió –por lo menos, en Francia y Alemania– en funcionario, en profesor de Universidad; Kant, Hegel, Jaspers y Heiddeger son cuatro de los más ilustres casos que podemos citar. Sin olvidar tampoco a los pensadores de la Escuela de Fráncfort, que lograron una base económica estable trabajando como docentes-investigadores en la institución universitaria. En el Perú, Alberto Flores Galindo, Jorge Bravo Bresani, Augusto Salazar Bondy y Julio Cotler, entre otros, trabajaron dictando cátedra.
 
En la etapa moderna de acomodo a las condiciones favorables brindadas por la burguesía triunfante con la Revolución Francesa, la buena conciencia del intelectual se convirtió en mala conciencia, cuando la burguesía dejó de ser la clase progresista por excelencia, porque sus intereses la alejaron de las legítimas aspiraciones y derechos de la mayoría social. Ante este divorcio de intereses, los exponentes pensantes salidos de la pequeña o de la mediana burguesía se distanciaron de su propia clase. Siguiendo este camino, fue en la Universidad donde comenzó a salir a la luz el cuestionamiento y la conciencia crítica surgida en la sociedad. El intelectual, incorporado a la docencia universitaria, encontró en las aspiraciones y anhelos de los estudiantes la justificación de su trabajo y la base de su independencia para predicar e impulsar, gracias a esta, una revolución cultural como propuesta mesiánica, la cual alcanzó su clímax en los movimientos estudiantiles de Berkeley, en septiembre de 1964, y de Francia, en mayo de 1968.
 
Pero viendo el panorama de las últimas décadas, esto es, después de la caída del Muro de Berlín, cabe preguntarnos: ¿para quién habla ahora el intelectual, como Noam Chomsky, George Steiner, John Gray, Mark Huyandi, Byung-Chul Han o Slavoj Zizek?, ¿quiénes son sus interlocutores o sus destinatarios? Estoy seguro de que no es el lector universal, que no gozó de la “bendición” de Sartre. Ellos siguen teniendo una audiencia muy delimitada; es una audiencia burguesa, porque esta es la que entiende, aprueba o rebate al intelectual. Y lejos de sus destinatarios de las distintas capas de la burguesía, algunos también llegan a audiencias transcontextualizadas, compuestas por vanguardias de la clase trabajadora. Sin embargo, la audiencia más importante de los intelectuales radica en el punto céntrico del aparato del Estado, mejor dicho, en el Gobierno nacional. Los intelectuales, detrás de su pseudo modestia y de su distanciamiento del poder, a quien verdaderamente se dirigen, denuncian y desafían es al poder constituido. A este, verdaderamente, han convertido en su destinatario e interlocutor, en objeto principal de su enfado y su crítica.
 
Hasta hoy, los hechos de la historia nos indican que los intelectuales no pueden ejercitar su conciencia crítica y su magisterio en un régimen totalitario. Los casos de Stalin y Videla nos lo han demostrado. En cambio, los regímenes permisivos, que no siempre merecen ser considerados democráticos, les ofrecen condiciones para el cumplimiento de su función. ¿Cuál sería su papel si algún día se cumpliese la utopía de una sociedad con un tipo de socialismo respetuoso de la libertad individual que los métodos del capitalismo salvaje de hoy han estrangulado?
 
(Por: Eduardo Ruiz Robles -Afiliado al Colegio de Doctores y Licenciados de Madrid)
 

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