Cultura
Publicado el Domingo, 24 de Noviembre del 2019

“Trujillo manda en la tierra, Dios manda en el cielo”

“La fiesta del chivo”, es una novela del premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa

 “Todo lo que soy se lo debo a la disciplina. Todo. Llevo treinta y dos años cargando sobre mis espaldas con el peso de este país de ingratos, y nada podría haber logrado sin disciplina. Es agotador. Amanece un nuevo día y con él una nueva batalla que debo emprender, en tremenda soledad. El peor error de mi vida ha sido mi familia. Mis hermanos, mi propia mujer, mis hijos. ¿Habrase visto calamidades parecidas? Sin otro horizonte que el trago y los pesos. Mi sangre se vuelve vinagre cuando pienso en mis hijos”. Es el monólogo oficial de Rafael Trujillo, el protagonista de “La fiesta del chivo”; la novela del premio Nobel Mario Vargas Llosa subió a escena el viernes en el Teatro Infanta Isabel adaptada por Natalio Grueso. Carlos Saura dirige la función, que protagoniza Juan Echanove, a quien acompañan Lucía Quintana, Manuel Morón, Eduardo Velasco, Gabriel Garbisu y David Pinilla.

Rafael Leónidas Trujillo Molina fue un dictador que gobernó intermitentemente la República Dominicana desde 1930 hasta 1961, año en que murió víctima de un atentado. “La novela es uno de los títulos fundamentales de la historia de la literatura contemporánea en lengua española”, dice Natalio Grueso, que después de atreverse con la adaptación del libro de García Márquez “El coronel no tiene quien le escriba” ha hecho lo propio con el texto de Vargas Llosa, que según Saura está encantado con la versión y el espectáculo, a uno de cuyos últimos ensayos acudió. “Trujillo es un personaje fascinante -sigue Grueso-. Gobernó el país durante más de veinte años con una crueldad y megalomanías nunca antes vistas, pero también con una inteligencia que le hacía deshacerse de sus enemigos para mantenerse en el poder”.

A Rafael Trujillo lo interpreta Juan Echanove. “Cuando empecé a leer el texto -cuenta el actor-, la primera decisión que tomé fue no ver imágenes de Trujillo. No quería una identificación física ni caer en el estereotipo; no llevo bigote, por ejemplo. No quería, de alguna manera, limitar el personaje. Es tan fuerte lo que dice, que en lo que hay que tener cuidado es en cómo se dice. He querido ser enormemente cuidadoso con el volumen y el tempo, con la pausa, con la espera, y no cargar las tintas; dejar que sea la literatura la que lleve al espectador a la reflexión de estar delante de un monstruo”.

“Ni le perdono la vida ni publico su ejecución -sigue Echanove-; no me corresponde a mi, porque en la novela y en la adaptación la República Dominicana de Trujillo es un espacio mental que habita en el personaje de Urania, que abre una ventana a lo que sucedió. Es fácil hablar de cómo eran las fiestas de Trujillo en la Casa de Caoba... Aquí, en el teatro, las vamos a ver con las imágenes explícitas -dirige Saura, así que no habrá mentiras pero tampoco atentados contra la elegancia- ; ésto es una partitura y cada uno la interpreta como quiere, o como quiere el director. Los textos literarios requieren un tipo de interpretación determinada; el actor no puede imponer su manera de hacer, ha de saber para qué le han llamado. No es lo mismo tocar en un cuarteto de cámara que en una orquesta sinfónica”.

“A los actores, si son buenos, no hay que decirles nada -tercia Saura-; si acaso pequeñas correcciones, cosas mínimas”. El director explica que “La fiesta del chivo” es “un espectáculo minimalista, no hay prácticamente nada en escena: un espejo, un sillón, una silla y unas proyecciones de unos dibujos míos que son amables, para contrarrestar la brutalidad de la historia”.

Ha relacionado Juan Echanove a Carlos Saura con la elegancia. Y el director aragonés explica que “contar de manera bella una historia terrible como ésta es igual que una hermosa fotografía de un hecho brutal. En escena el drama está, y es un drama tremendo. Pero la realidad era peor; cuando leemos sobre Trujillo vemos que nos hemos quedado cortos. Era un bárbaro que decía que amaba a su país; se creía Dios, como pasa con todos los dictadores, que se creen seres iluminados. Él estaba convencido de que era Dios”.

“Trujillo manda en la tierra, Dios manda en el cielo”: era una frase del régimen -interrumpe Echanove. Él despreciaba a los estadounidenses, a los negros... A todo el mundo. Una de las pocas personas de la política internacional por el que mostraba admiración era por Franco. Y ahora están enterrados los dos en Mingorrubio. A mí me van a dar allí un bono -bromea el actor-; ya los he interpretado a los dos”.

Encarnar a dictadores como Trujillo o Franco es para un actor un doble reto, ya que son personajes tan detestables como fascinantes. “Tengo la suerte de que al interpretarlos ya no necesito ni odiarles. Si no fuera actor y no hubiera interpretado a Franco, viviría todo esto que pasa en mi país con un encono contínuo. Interpretar a estos personajes es un placer: puedo ser violento en el escenario y al llegar a casa llenar a mi mujer de besos”. No suponen para el actor, sin embargo, una mayor enseñanza como ser humano. “Aprendo en el ejercicio de la profesión mucho más que de estos monstruos. Y me preocupan mucho más detalles cotidianos como que a alguien le pase algo en la calle y nadie le socorra. Me preocupa la convivencia más que la dictadura; o se puede descuidar por muchos problemas que tengamos. Se trata de facilitar o imposibilitar, yo creo que esa es la gran decisión que tenemos que tomar”.

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